Se desliza frágil y desesperado por el agua extendiendo velas percudidas ante el sol, rozan suavemente su delgada manga las olas que presiente el corazón, con apenas unos metros la pequeña eslora flota y sueña a toda hora sin razón. Se acompaña siempre de gaviotas peregrinas por amaneceres tranquilos, amarillos, y la cálida esperanza le moja con las brisas mientras busca susurrante en viejos puertos, entonces se detiene a descansar al medio día para no quebrar la quilla en sus delirios. Luego, melancólico, surca atardeceres, persigue el horizonte [Siga leyendo >>]